A El Paraíso, uno de los más de 300 barrios populares que conforman la escarpada geografía de Ciudad Bolívar, en la periferia sur de Bogotá, se llega suspendido en teleférico. Allí, donde cientos de miles de colombianos levantaron sus hogares desde la informalidad —o “invasión”, como se le denomina localmente—, se respira la antesala de unas elecciones presidenciales históricas. En estas calles empinadas, donde el sonido de una cumbia se funde en la esquina siguiente con baladas pop, el electorado se debate entre dos polos opuestos: la continuidad del proyecto de izquierda liderado por Iván Cepeda, favorito en las encuestas, y la irrupción rupturista del ultraderechista Abelardo de la Espriella, alias “El Tigre”.
Las encuestas proyectan un escenario reñido que, de no resolverse en primera vuelta, obligaría a un balotaje el próximo 21 de junio. Mientras los candidatos de centro, como Sergio Fajardo y Claudia López, observan desde más atrás, las calles de Ciudad Bolívar reflejan una polarización tangible.
El bastión de “Los Nadies” y la defensa de los derechos laborales
Iván Cepeda, senador de larga trayectoria, filósofo de formación y heredero político del presidente Gustavo Petro, encarna el continuismo del Pacto Histórico. Con un perfil forjado en la defensa de los derechos humanos y marcado por el asesinato de su padre —el senador de la Unión Patriótica, Manuel Cepeda, en 1994—, el candidato rehúye de las estridencias. Su mensaje apunta directamente a consolidar las reformas sociales y a representar a “Los Nadies”, ese vasto sector popular históricamente marginado por las élites.
En El Paraíso, el impacto de las recientes políticas gubernamentales, como el aumento del salario mínimo a 533 dólares y la reducción de la jornada laboral, es el principal motor de sus votantes.
“Cepeda va más al lado de los pobres. Ahorita tengo la posibilidad de ganarme un sueldo trabajando ocho horas; antes no era así, trabajábamos dieciséis horas, había explotación laboral”, relata Nicole Dayana, una joven vendedora ambulante y estudiante de ingeniería industrial que votará por primera vez. Nicole también destaca la postura ambientalista del candidato: “No voto por el fracking, que es la explotación de los subsuelos colombianos”.
Este sentimiento es compartido por otros trabajadores del barrio. Karen Prieto, empleada en un local de comidas rápidas, y Jorge Díaz, barrendero de 27 años, coinciden en que las políticas del actual gobierno mejoraron sustancialmente su calidad de vida gracias al pago de horas nocturnas y el ajuste salarial. “Iván va de la mano con Petro, nos ha ayudado mucho a los de bajo estrato”, sentencia Prieto.
El fenómeno del “Tigre”: ostentación, redes sociales y mano dura
En las antípodas ideológicas y estéticas se encuentra Abelardo de la Espriella. Abogado de profesión, defensor en el pasado de figuras polémicas y exministros chavistas como Alex Saab, De la Espriella ha construido una campaña basada en la ostentación y el “plomo”. A bordo de jets privados y su Rolls Royce Phantom, “El Tigre” domina la maquinaria digital con videos generados por inteligencia artificial, emulando las políticas de seguridad de Nayib Bukele y el estilo disruptivo de Javier Milei.
Su discurso de “mano fuerte” cala hondo en sectores golpeados por la criminalidad urbana.
“La inseguridad está disparada, ya tengo mi voto muy decidido”, afirma Carlos Aponte, vecino de El Paraíso. “No estoy de acuerdo con que la izquierda le dé mucho beneficio a la gente floja a la que le regala subsidios. El Tigre propone combatir la delincuencia con plomo y cárcel”.
El movimiento Defensores de la Patria de De la Espriella no oculta su pragmatismo económico. Su compañero de fórmula, José Manuel Restrepo, ya adelantó que buscarán reactivar los contratos de exploración de gas y petróleo, así como el fracking, para atraer capitales internacionales. En el plano internacional, el candidato selló recientemente un pacto público con el presidente ecuatoriano Daniel Noboa para la extradición y combate conjunto contra el narcoterrorismo.
El ocaso de la derecha tradicional y el peso de los indecisos
El ascenso vertiginoso de la ultraderecha ha dejado sin oxígeno al uribismo tradicional. Paloma Valencia, senadora del Centro Democrático y otrora heredera política de Álvaro Uribe, ha visto desplomarse su intención de voto. En los barrios populares de Ciudad Bolívar, su nombre prácticamente ha desaparecido de las conversaciones, lastrada por las contradicciones públicas con su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo. En la víspera electoral, Valencia optó por encomendarse al Divino Niño en la emblemática Basílica del 20 de Julio.
Mientras tanto, en las calles de El Paraíso, aún transitan los indecisos. Amada Puerta, una trabajadora de limpieza proveniente de Santa Marta, resume la dualidad de muchos votantes que, aunque reconocen las mejoras salariales impulsadas por el progresismo, aún dudan ante las urnas. “Petro ha tenido cosas buenas, ahora tenemos mejor calidad de vida, pero estoy entre Cepeda y De la Espriella. Hoy me voy a informar, a ver quién sirve más al pueblo”, reflexiona.
El sol comienza a ocultarse en la periferia bogotana, dando paso a una llovizna repentina, tan característica de la capital. Con ella, se cierra una campaña tensa y arranca el conteo regresivo de una elección que definirá si Colombia consolida su giro a la izquierda o si da un timonazo hacia una nueva y radical versión de la derecha.




